RESUMEN

La escalera de Jacob es un proyecto en desarrollo que indaga en la naturaleza de la percepción, el tiempo y la conciencia, desde un terreno limítrofe entre lo artístico y lo filosófico, y que sigue un método intuitivo, la Atención dirigida hacia el ombligo, por el que la forma artística se recibe desde una mirada introspectiva y se modela para su posterior estudio analítico.

Como leitmotiv del proyecto se propone un modelo tridimensional en doble hélice de la estructura subyacente a la conciencia temporal. Este modelo aparece de distintas formas en cada pieza del proyecto, y está en continua revisión paralela al estudio de las principales teorías perceptivas, y de los autores y escuelas filosóficas que se han enfrentado al problema de la conciencia y el tiempo, el Ser, en definitiva.

Firmado con triple seudónimo como estrategia de implicación en el objeto de estudio y de desidentificación en la autoría, el proyecto se desarrolla a partir de la forma artística concebida por Funámbulo, desde la atención dirigida al ombligo, la exégesis analítica de Dora Anversa Rojo y las tareas de producción material encomendadas a Sandro Oreja Varo. Un triunvirato entre el chamán artista, la espectadora y el cochero.

Este año está programada una exposición en octubre, en la sede de la Casa de Castilla la Mancha en Madrid, en la que se proyecta la muestra de una serie de imágenes (estampas digitales) y la edición de un libro, a modo de catálogo, que recupera la tradición de los libros de emblemas europeos de los siglos XVI y XVII, y que incluye otros dos libros en formatos especiales, uno colgante y otro plegable, que encajan en la categoría de los libros de artista. Se solicita ayuda económica para la producción de esta presentación pública, según presupuesto estimado adjunto.

LA ESCALERA DE JACOB

La conciencia es uno de los enigmas más persistentes y complejos de la historia del pensamiento. Desde los albores de la filosofía, el intento de comprender cómo es posible la experiencia subjetiva (cómo surge el «ser para sí» frente al mundo) ha desafiado a filósofos, científicos y poetas por igual. El problema de la conciencia no solo involucra una explicación de los estados mentales, sino también una interrogación profunda sobre el ser, el conocimiento y el tiempo.

Este proyecto busca acercarse a este problema filosófico desde una perspectiva artística, de pensamiento desde la forma, alimentándose en su desarrollo del estudio de las principales corrientes filosóficas que han intentado desentrañar su naturaleza, entre las cuales, son las de un enfoque monista, idealista y fenomenológico las que mejor encajan con las ideas que surgen del análisis de la estructura perceptiva alumbrada en este proyecto.  Aunque el modelo propuesto, descrito más adelante, proporciona vislumbres prometedoras acerca del problema, la prioridad no es ofrecer una solución al misterio de la conciencia, ni refutar ninguna teoría, sino abrir un espacio de pensamiento visual y experiencial donde ese misterio pueda habitarse de otra forma. A través de imágenes, conceptos y formas, busca trazar un mapa simbólico de ese continuo perceptivo que subyace a nuestra vida consciente, reconociendo que allí donde termina el lenguaje, el arte puede aún seguir diciendo.

A pesar de no pretender establecer refutaciones filosóficas formales, nuestro enfoque se adhiere, como decíamos, a una línea de pensamiento inspirada por el idealismo trascendental, la fenomenología o la neurofenomenología contemporánea, que sostiene una duda radical respecto a la existencia de un “mundo exterior” autónomo e independiente de la conciencia.

Desde Hegel a Husserl, pasando por Heidegger y el contemporáneo Varela, esta tradición afirma que la percepción no revela un mundo dado, sino que lo constituye activamente. No somos observadores pasivos de una realidad objetiva, sino organismos que crean el mundo a cada instante, en la confluencia del cuerpo, la historia, el lenguaje y el tiempo vivido. El “afuera” no preexiste a la experiencia: emerge con ella, como horizonte de sentido. En esta línea, nuestra postura se acerca cada vez más a un monismo mental, donde lo físico, lo sensorial y lo simbólico no son capas separadas de lo real, sino manifestaciones diferenciadas de un mismo flujo de conciencia. Esta visión —radical en su negación de una objetividad independiente, y al mismo tiempo profundamente integradora— conduce a una conclusión que roza lo místico: no hay mundo sin percepción, no hay ser sin aparecer, y toda existencia es, en último término, un acto de creación perceptiva incesante.

No en vano, al estudiar el trabajo sobre la conciencia y el tiempo que se ha desarrollado en el s XX y XXI se observa que a menudo se cae en concepciones e ideas con resonancias de las de escuelas místicas y esotéricas que han conservado el legado de una tradición, una Filosofía Perenne mantenida invariable en su esencia a lo largo de la historia del pensamiento desde la remota antigüedad, pero generalmente oculta al grueso de los pensadores, o rechazada, o en ocasiones callada por ellos (como el caso de Newton, por ejemplo). Nombremos solamente de esta Tradición los Principios Herméticos de la Tabla de esmeralda, que serán el hilo conductor del libro de emblemas, una de las piezas que forman parte de nuestro proyecto. Principios como mentalismo, vibración, polaridad o correspondencia, adquieren un importante peso conceptual a la luz de las filosofías monistas mentales más recientes, en lo que parece un retorno a los orígenes de la historia del pensamiento, en un recorrido circular que probablemente es un reflejo muy ampliado de la estructura del ciclo perceptivo descrita a continuación.

MODELO TRIDIMENSIONAL DE LA ESTRUCTURA DEL PROCESO PERCEPTIVO

Abordamos el problema de la conciencia temporal desde el hecho necesario de la percepción, propio de los organismos: el intercambio de información con el medio, esto es, lo que no somos como individuos, aunque el binomio objeto-sujeto sea una simple perspectiva que adoptamos de un bloque uniforme. De hecho, el Dasein (el “Ser en el mundo”) de Heidegger no puede separarse del mundo, el sujeto no puede aislarse del objeto, pensar es pensar en algo, la conciencia siempre «está frente» a algo.

Partimos, pues, del mecanismo que pone en marcha la percepción, algo que sucede en un tiempo muy corto, pero evidente, y que podemos considerar un axioma, ya que para ser consciente se necesita una base de percepción, y ésta sucede en el tiempo interno orgánico (luego veremos que lo necesario para la existencia, para la Creación, es la Vida, que no puede haber cosmos sin vida, que la vida es la creadora de la Creación).

La ciencia ha identificado tres fases fundamentales en el proceso de percepción, en las que impulsos nerviosos que se dan en dos sentidos, aferente y eferente, trabajan para seleccionar información sensorial, procesarla (esto es, semantizar esta información en un primer estado de significado) y proyectarla para su comprobación y eventual corrección en virtud de una coherencia perceptiva, dando lugar a los conceptos que la conciencia enfrenta, incluyendo las conocidas ilusiones perceptivas, que delatan la discrepancia entre estímulo y construcción mental.

Estas tres fases suceden en el tiempo. La neurociencia puede medir estos pequeños fragmentos temporales, y habla de procesos rápidos y lentos al describir la percepción. Pero lo que nos interesa ahora es el hecho de que la estructura del proceso es cíclica, el organismo se puede ver como un eje en el ciclo, con dos extremos: uno en contacto con el medio, del cual forma parte integrante, al que llamaremos “piel”, y el otro donde normalmente situamos la conciencia ordinaria, al que llamamos “mente”, ambos conectados por un flujo de información en dos sentidos de pulsos nerviosos, los aferentes de entrada y los eferentes de salida.

En la piel, nuestros receptores sensoriales están en contacto con un hipotético caudal continuo de datos sensibles, que la fenomenología puso entre paréntesis (epojé) desde Husserl, y que aquí tomamos como un misterio original del que vienen y al que se proyectan nuestras percepciones, en consonancia con esta corriente filosófica. Estas percepciones son una construcción mental, por lo que lo que estamos haciendo al percibir es retroalimentar un mundo mental, del que formamos parte, y que por tanto nos conduce a la idea de Realidad como una vasta mente cósmica común. También surge aquí la idea de la identidad micro-macro, de la autosimilaridad fractal de estas realidades mentales cósmica e individual, según la cual la conciencia individual no sería más que una ilusión que oculta la realidad de ser insignificantes partícipes de un gran campo de conciencia.

Pero volvamos a las tres fases fundamentales del proceso perceptivo. Si tenemos en cuenta el tiempo que tardan los impulsos nerviosos en hacer sus recorridos aferente y eferente, debemos concluir que en esta ínfima escala temporal están involucrados pasado, presente y futuro, de manera relativa a la fase perceptiva en que ubiquemos el presente. La idea agustiniana del triple presente arroja luz sobre este objeto de análisis. La imposibilidad de aferrar el presente con su inexorable y radical caducidad frente al pasado y la perturbadora inexistencia del pasado y el futuro, las resuelve Agustín con la conclusión de que siempre es presente, siendo pasado recuerdo y futuro potencia, existentes dentro de un triple presente eterno. Visto desde la perspectiva de la mente orgánica, convengamos un presente sensorial como punto inmóvil, y el tiempo como una corriente que fluye a través del ojo de su puente. El futuro trae los datos sensibles a nuestros receptores en este primer presente. De ahí parte un flujo de información por la red nerviosa hacia el cerebro, por vía aferente, cuyo destino es el segundo presente, el perceptivo, en el que se gesta la conciencia. Claro está que, para este presente con conciencia, el presente sensorial de lo que aún no ha sido procesado supone un relativo futuro, separado de sí por una fracción temporal imperceptible pero crucial: implica que el cuerpo sensorial de nuestro ser, la piel, pisa el futuro. Parte de nuestro organismo vive en el futuro, si no todo él. Para analizar este hecho, dividiremos el flujo sensorial en unidades hipotéticas (estímulos aislados A, B, C…) en su proceso de conversión en conceptos frente a la conciencia.

Pero la conciencia no llega tras media vuelta, es necesaria la otra mitad del ciclo para completar la percepción consciente. Por debajo del umbral de la conciencia perceptiva sucede todo un proceso que la psicología de la percepción nos divide en una serie de fases, que se pueden agrupar en las tres mencionadas, y suceden en una secuencia de ida y vuelta, dos viajes al mismo punto, que es nuestra presencia en el mundo, el Dasein de Heidegger. Tres fases en dos trayectos, uno de venida y otro de ida, de y al mismo punto. Tres, dos y uno. Esta secuencia articula el Triple Presente de san Agustín a nivel “microcrónico”.

Atendiendo al sentido cronológico de este micro esquema temporal, estábamos analizando el presente perceptivo, mental, consumado el cual, aquel presente sensorial que inicialmente era relativo futuro, se transforma en relativo pasado, quedando como futuro las consecuencias de todo tipo que se produzcan en el mundo sensorial por causa de nuestra proyección eferente. Estas consecuencias abarcan diversas categorías, desde las primarias, concernientes a nuestro modo de ver el mundo, fruto de esquemas perceptuales innatos, heredados y aprendidos, que proyectamos sobre lo sensible de un modo preconsciente, hasta las más complejas, en las que interviene la voluntad y las expectativas, aprendidas éstas en forma de leyes, que se sitúan en el terreno hacia el que miran la moral y la ética, la ciencia y el arte, lo poético y lo pragmático: el futuro producto de las acciones presentes, las consecuencias futuras. De modo que vemos cómo el sentido temporal se invierte dentro de nuestros procesos perceptivos y activos: recibimos el dato del futuro, y a él proyectamos nuestra fase eferente.

Si tomamos esta estructura temporal de ida y vuelta entre pasado, presente y futuro como módulo, desde el micro tiempo perceptivo lo podemos extender a otras escalas temporales, bajo una idea del tiempo como un fractal de autosimilaridad cíclica. Otra posibilidad muy interesante también es que, al darse esta separación temporal en el micro tiempo perceptivo en el seno de nuestro organismo, si nos consideramos como un todo que integra lo orgánico y lo mental, estamos habitando el pasado, el presente y el futuro a la vez, lo que nos lleva otra vez a la idea de triple presente. Con esta simultaneidad triple y aquella geometría fractal del tiempo en mente, y teniendo en cuenta la posibilidad de una conciencia dilatable, no restringida a la que presentamos de ordinario en nuestra vida de supervivencia biológica, se abre una posibilidad de interesantes especulaciones sobre el acceso epistemológico al futuro.

La dinámica pendular de los impulsos nerviosos unida al giro del ciclo perceptivo y al aparente avance temporal lineal, genera la escalera de Jacob: la figura del péndulo de Foucault nos puede servir para ilustrar como los dos polos pendulares invierten su posición extrema cada media vuelta. Si a este giro del plano de la oscilación pendular le añadimos un movimiento rectilíneo en la dirección de su eje, las posiciones extremas ahora dibujan una doble hélice en el espacio. En la configuración formal del modelo hemos optado por indicar esta polaridad con los colores rojo y azul, por asociación con la representación habitual de los sentidos del flujo sanguíneo.

Cada ciclo correspondiente a un estímulo aislado lo dividimos en seis intervalos, producto de las tres fases del proceso perceptivo por los dos sentidos de flujo de la información, asignando un recorrido triple a cada fase del proceso (que conforma cada peldaño de la escalera) desde una posición inicial hasta un destino de consumación del fruto de la esa fase. Por ejemplo, de A1 a A2, posiciones que corresponden respectivamente a un estímulo aislado hipotéticamente del flujo sensorial y a su selección orgánica para ser procesado, los datos recorren un trayecto que nos representamos como la suma de los tres movimientos descritos previamente: avance temporal lineal aparente, giro cíclico de retorno al origen (que por simplificación práctica hemos reducido a un tramo recto, lado de un hexágono) y oscilación pendular, que indica la polaridad, inherente a los organismos, de piel y mente, de impulsos nerviosos aferentes y eferentes implicados en el proceso, de fuera a dentro y viceversa. En la ilustración superior se muestra un intervalo, uno de los peldaños de la escalera, entre dos pasos hexagonales.

Extractos del cuaderno 3, manuscrito de estudio, proyectación y análisis.

En este extracto de nuestro cuaderno, estudiamos una posible secuencia del proceso perceptual en tres ciclos completos, optando por una combinación de alternancia y simultaneidad en el proceso de distintos estímulos.

Tomando uno de estos estímulos (A), cada paso produce un estado de su concepto en formación: A1 es el estímulo aislado antes de ser seleccionado, A2 es la selección del estímulo, A3 su procesamiento en un preconcepto perceptivo, o percepto, primer estadio de semantización, A4 es la conjetura que se pone a prueba en el contexto perceptivo, A5 y A6 son estadios del proceso de puesta a prueba, hacia dentro y hacia afuera, con lo que está siendo procesado simultáneamente, lo que está por procesar en el futuro interno, y lo ya procesado por delante en los pasados interno y externo al presente preconsciente. Y A7 es la consumación del concepto frente a la conciencia, el fruto final del proceso de percepción del estímulo A1, que ocupa su mismo lugar en el mundo sensorial pero un ciclo perceptivo más tarde, y que supone el consenso social perceptivo que da lugar a la conciencia.

En cada paso hexagonal, por el lado de la hélice roja, entra un nuevo estímulo para ser seleccionado por el organismo (A, B, C, D…), pero de manera simultánea se está llevando a cabo el proceso de estímulos ya seleccionados. En esta propuesta, coinciden en cada paso cuatro estados procesuales en la hélice roja y tres en la azul. Consideramos esta simultaneidad procesual de diferentes estados de estímulos sucesivos un rasgo esencial del mecanismo que proporciona una sensación de flujo consciente continuo en nuestra experiencia ordinaria del tiempo.

El lapso temporal de este ciclo lo concebimos en vertical, formando una cruz con el tiempo vivencial, consciente, que imaginamos horizontal. Este tiempo vertical, que transcurre por debajo del umbral de la conciencia, es algo que una conciencia superior a la ordinaria podría transitar de arriba abajo, igual que los ángeles de la escalera del sueño de Jacob.

No copiar!